viernes, 1 de noviembre de 2013

Y siempre hay una anecdota....


Estaría en la semana nueve o diez como mucho. Salvo los más íntimos, nadie más sabía que estaba embarazada. ¡Embarazada! Creo que en ese entonces ni siquiera lo decía en voz alta. Era como mucho, muy real....En fin estaba en el trabajo y ya me iba. 

En esa época mi vejiga se llenaba demasiado y me apretaba la panza más que nunca. Aunque en realidad ¡no sabía que era lo que significaba que una panza te apretara la vejiga! Pero bueno, por las hormonas me hacía pis a cada rato, entonces como desde el trabajo a casa había mucha distancia, siempre (desde antes del embarazo y más aún después) pasaba por el baño antes de salir del trabajo para que no me sorprendiese en el camino. 


Una vez que salí del baño, comencé a bajar por las escaleras uno a uno los pisos. Eran unos trece. Y se preguntarán ¿Por qué no usaba el ascensor? Bueno, en ese piso donde yo trabajaba, esperar el ascensor era casi imposible. Uno podía esperarlo allí por horas y siempre, pero siempre estaba lleno. Entonces, comencé a bajar a pie. Era joven y estaba en buen estado jaja. 


Llegué al piso doce y todo estaba bien. Seguí bajando entusiastamente. El piso once, todo bien. Lo mismo en el diez. Pero cuando llegué al piso nueve sentí un pequeño dolor en la panza como cuando una está por menstruar y algo tibio, como si me hubiera hecho pis. Me petrifiqué porque tan solo cinco minutos antes había estado en el baño y mi vejiga estaba absolutamente vacía. 



Cómo estaría mi cerebro de perturbado que en lugar de volver al baño seguí bajando despacito, lentamente, escalón por escalón, hasta la planta baja y preocupada, triste, apesadumbrada emprendí el retorno a casa. Estaba convencida de que acababa de perder a mi hijito en esa bajada de escalera. Era claro: no podía tener tanta suerte. Porque la realidad era que cuando intenté embarazarme, casi instantáneamente lo logré, mi embarazo por más corto que fuese iba bien, sin síntomas molestos, sin náuseas matutinas ni vómitos molestos y mi primer eco estaba perfecta. Era demasiada suerte para alguien como yo. Entonces, ¿para qué corroborar algo que el destino me estaba diciendo a gritos que así sería? ¡Era obvio que había agotado mi buena suerte!



Dos horas y media de autocompasión hasta llegar a casa. Dos horas y media de cuestionar mi femineidad trunca, mi maternidad interrumpida. Dos horas y media y llegué a casa. Una vez que entré, fui directamente al baño casi sin saludar a mi marido y lloré...lloré por lo tonta que había sido. Lloré porque ¡todo estaba en su lugar! por supuesto que era de esa manera, por supuesto que así no se sentía perder un bebé. Pero esa tarde una vez más tranquila y repuesta, abracé mi vientre por primera vez....




Autor: El blog de mamá


martes, 29 de octubre de 2013

La primera vez que lo vi...


Y entonces llegó el momento de la primera ecografía. ¡Yo estaba tan nerviosa! y por supuesto los nervios eran casi justificados. Y digo casi porque a menos que uno haga futurología, jamás se puede saber que va a pasar. Y los años me han demostrado que a veces es necesario sólo pensar en positivo y amargarse o entristecerse o enojarse cuando tenemos la certeza de que algo malo o desagradable o triste está sucediendo. Mi preocupación y anticipación se basaba en la cuestión de la edad: ya tenía 33, era mi primer embarazo, etc. Y la pregunta era: ¿quién me aseguraba que ese test positivo no fuese un falso positivo? Tenía terror de que ese útero que nunca había tenido un habitante en su vida, siguiera desértico...Y lo peor de todo era que no compartía con nadie mi temor, porque ¿quién me iba a entender? Muchos me iban a entender, eso lo sé hoy...

Esa mañana, tempranito, me levante con ansiedad. Me tomé lo que pude de agua para el estudio: lo suficiente como para no necesitar correr al baño inmediatamente, y tanto como para que no me mandasen a tomar más una vez adentro del estudio. Me acuerdo que ese día, como nunca, el lugar donde me hacía la eco estaba con poco personal en la sección de ecografías. Lo sentí como un mal presagio ¿De qué? me pregunto hoy. Entonces, algo que debía durar 5 minutos (y que yo necesitaba que así fuera por el bien de mi vejiga) duró casi una hora. Mis viejos, que nos habían acompañado como casi todo en mi vida por suerte, estaban esperándonos en una plaza. Obviamente deliraron por la tardanza y cuando llegamos ya estaban convencidos de que algo malo había pasado. Así de fatalista es mi familia y por herencia yo también, ja. A lo que, mostrándole la fotito y señalándole que ese punto gris en ese marco más gris, era su futuro nieto.

Mi marido estuvo a mi lado y se emocionó. Y yo me emocioné al verlo emocionarse. En cuanto la ecografista puso el traductor en mi panza, además de sentir que mi vejiga se desarmaba en pedacitos y me hacía pis encima, lo vi. Vi ese tubito taquicárdico que parecía más un gusanito que un bebé. Estaba ahí acunado por mí, por el latido de mi corazón. Lo bautizamos "tubito", porque así era: un tubito de milímetros pero que latía a toda potencia. Correlación a su vida intra y extrauterina: inquieto, imparable, energía por todos lados!!!! 

En ese momento estaba oficialmente embarazada y sin embargo mi preocupación no se contentaba con ese simple estudio...




Autor: El blog de mamá

sábado, 26 de octubre de 2013

Esperar, esperar, esperar: el test positivo

Cuando era adolescente, inclusive en los primeros años de mi juventud, presagiaba que iba a morir soltera y sin hijos. ¡Ja! Nada más lejos de la realidad. A mis treinta, el gusanito de la maternidad vino a mi sin que nadie lo invitase y por supuesto, me puse pesada con eso. Yo me puse pesada. Cada mitad de mes las hormonas se alborotaban y me hacían pensar en panzas abultadas y bebitos bellos y con linda fragancia. Si sos madre, sabes tanto como yo que eso es una mínimima, muy pequeña parte de la realidad que constituye la maternidad. Esa es la que nos cuentan. La maternidad rosa.Ya hablaré más adelante de este temita...

En fin. Mi pareja, que no estaba tan convencido como yo, aguantó lo mas que pudo. Hubo resistencia, discusiones, pros y contras y mucha angustia de mi parte, lágrimas, ansiedad, etc, etc, etc. Fueron tres años de espera y de amenazas de que mis ovarios iban a a dejar de funcionar en breve. ¡Mentira! Funcionaban re bien. Pero siempre está la sociedad y sus mandatos y la familia y sus presiones: "Hay que ser madre antes de los treinta y cinco". Y hasta me atrevería a decir que antes de los treinta. Esto me recuerda mi vida de universidad y mis padres: estudiá y no te embaraces que si no se arruina tu vida. ¡Otra mentira! Por supuesto que se que lo hacían con amor, pero era una total mentira ja!. Luego de recibirme ya querian ser abuelos. ¿Y si se ponen de acuerdo? ¿Qué cambia con 25 o 26 años? ¿El título? Como si con eso magicamente uno tuviese trabajo, pareja y casa y listo: ¡un hijo! Nada más lejos de la realidad, al menos de la mía.

Luego de todo esto, a mis treinta y tres años, ambos decidimos embarazarnos. No voy a decir como fue, pero si que dio resultado.
Aún recuerdo el dia que me hice un evatest para confirmar lo que ya sabía. Se preguntarán ¿Cómo que lo sabía? Si. Y lo sabía porque una mañana en la que estaba en el baño de mi trabajo, algo dentro mio me dijo que así sería. No pregunten, fue asi. Sabía que ya estaba embarazada, que esperaba a mi bebé. Por lo tanto, cuando tuve el test positivo en mi mano, no me sorprendió. Aunque algo se hizo terriblemente real: Iba a ser mamá. En ese instante, me agarró pánico.